Tim Keller | 19 de febrero de 2012
El nacimiento de Jesús despertó respuestas muy distintas en quienes lo presenciaron. Mientras algunos se arrodillaron en señal de rendición, otros huyeron atemorizados o lo atacaron con ira. Dos mil años después, lo mismo sigue ocurriendo con nosotros cuando leemos hoy las afirmaciones de Cristo.
Cuando oímos que Jesús quiere reinar como el único Rey verdadero de nuestra vida, solemos sentirnos incómodos, frustrados o atemorizados. Pero cuanto más entendemos que su señorío forma parte de un plan de gracia para salvarnos de nuestra debilidad —y para usarnos en cosas que jamás lograríamos por nuestra cuenta—, más podemos arrodillarnos ante él.
Veamos cómo el relato del nacimiento de Cristo nos muestra que: 1) él es el objeto del odio, 2) él es el agente de la gracia, y, 3) él es el punto culminante del plan de Dios.